Posteado por: mariana50 | julio 13, 2010

La construcción mediática de Cuba. Un análisis del discurso periodístico del The Washington Post

La construcción mediática de Cuba. Un análisis del discurso periodístico del The Washington Post

The Media’s Construction of Cuba. An Analysis of the Journalistic Discourse of The Washington Post
Mg. Miguel Ernesto Gómez Masjuán [C.V] Profesor, Departamento de Periodismo, Universidad de La Habana, UH, Cuba – masjuan@fcom.uh.cu
Resumen: El presente artículo propone un acercamiento a los rasgos que caracterizaron la construcción del discurso periodístico del diario norteamericano The Washington Post acerca del tema Cuba, desde que se dio a conocer la proclama de Fidel Castro, el 31 de julio de 2006, hasta la elección de Raúl Castro como presidente de la Isla, en febrero de 2008.

Para realizar la investigación se partió desde una perspectiva cualitativa y un tipo de diseño de caso único, inclusivo, descriptivo. El análisis crítico del discurso periodístico de The Washington Post en dos momentos significativos de la historia cubana permitió identificar los temas y enfoques priorizados en relación con Cuba por el diario; ilustrar estrategias discursivas y recursos lingüísticos empleados por el medio, así como examinar los puntos de contacto sobre la Isla entre el discurso político de la Administración de George W. Bush y el discurso periodístico del Post.

Palabras clave: análisis del discurso; discurso periodístico; construcción mediática; The Washington Post; Cuba.

Abstract: The article shows the main findings of a qualitative piece of research based on a unique, inclusive, descriptive case aimed at critically analysing the journalistic discourse of American newspaper The Washington Post about Cuba in two significant moments of the island´s recent history: Fidel Castro´s proclamation in July 31, 2006, and Raúl Castro’s Presidential election in February, 2008.  The main topics, discursive strategies and linguistic resources prioritised by the newspaper to portray Cuba during that period are examined and several converging points between the newspaper´s discourse and Bush Administration´s political discourse about Cuba are revealed.

Keywords: discourse analysis; journalistic discourse; media construction; The Washington Post; Cuba.

Sumario: 1. Introducción. 2. Método. 2.1. Muestra. 3. El discurso. 3.1. Discurso periodístico. 4. Medios, ideología y poder. 5. Resultados. 5.1. Los hermanos Castro. 5.2. Leyendo a Raúl Castro. 5.3. Claves para entender el modelo cubano. 5.4. Una sociedad vigilada. 5.5. Un escenario en transición. 5.6. El rompecabezas de Cuba. 5.7. Framing Cuba. 6. Conclusiones. 7. Bibliografía.

Summary: 1. Introduction. 2. Method. 2.1. Sample. 3. Discourse. 3.1. Journalistic Discourse. 4. Media, Ideology and Power. 5. Findings. 5.1. Castro Brothers. 5.2. Reading Raul Castro. 5.3. Some keys to understand Cuba’s model. 5.4. A Watched Society. 5.5. Stage of Transition. 5.6. Cuba’s Puzzle. 5.7. Framing Cuba. 6. Concluding remarks. 7. Bibliography.

Traducción revisada por Mg. Elena Nápoles
 Profesora del Departamento de Comunicación Social
Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana /
M.A. Political Communication, City University London

1. Introducción

Días después que el gobierno cubano celebrara el cincuenta aniversario de su llegada al poder, en enero de 2009, The Washington Post, uno de los diarios más influyentes de la llamada prensa norteamericana del mainstream y eje central del presente estudio, publicó un artículo de una de las periodistas que durante más tiempo ha cubierto las relaciones entre Cuba y Estados Unidos: Ann Louise Bardach. En su comentario, Bardach destacó a los principales ganadores y perdedores del conflicto.

En la primera línea del comentario, un nombre: Fidel Castro: “He’s the Cuban Marathon Man, refusing to surrender, retreat or die. His illnesses and botched surgeries would have felled any other mortal, but through sheer grit and vengeance, he lives on” (Bardach, 2009: B03).

El segundo ganador de Bardach es Raúl Castro: “While Fidel remains the wizard behind the curtain, Raul is front and center as Cuba’s new head of state, and it will be under his watch that the five-decade U.S. embargo enters its death spiral” (Bardach, 2009: B03).

Dos años y medio antes, los dos hombres señalados por el Post ocuparon la portada del diario cuando en la noche del 31 de julio de 2006 se dio a conocer la proclama de Fidel Castro, en la cual el presidente de Cuba por casi medio siglo se apartaba de su puesto, debido a una enfermedad que lo colocó entre la vida y la muerte.

A partir de ese hecho, que conmocionó a la Isla, comienza el análisis del discurso periodístico del Post propuesto por la investigación. El alejamiento y posible muerte de Fidel Castro supuestamente marcaría el fin de la Revolución cubana o al menos el comienzo de una transición, concepciones éstas presentes en el pensamiento de quienes asociaban la supervivencia del gobierno con la vida de su mandatario.

Las imágenes de los festejos de cubanos radicados Miami, las declaraciones de los voceros de la Administración de George W. Bush, las medidas de seguridad tomadas en el sur de la Florida para impedir un posible éxodo masivo desde Cuba y las ideas sobre cómo agilizar el proceso de transición en la Isla ocuparon un espacio central en varios medios de comunicación de Estados Unidos, entre ellos, el Post.

Diecinueve meses después de la proclama, el domingo 24 de febrero de 2008, la Asamblea Nacional del Poder Popular –órgano legislativo cubano– eligió a Raúl Castro como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.
 
Esta investigación se planteó como objetivo fundamental analizar la construcción del discurso periodístico en The Washington Post en torno a Cuba en los dos momentos mencionados; mientras, como objetivos específicos estuvieron: determinar los temas relacionados con la Isla, priorizados desde el punto de vista editorial del diario; además, se analizaron las posibles variaciones del discurso periodístico entre los dos hechos y, por último, se examinaron las relaciones del discurso periodístico del Post y la política exterior de la Administración de George W. Bush hacia Cuba.

Como premisa se reconoció que el discurso periodístico del Post, un medio del mainstream, mostró un alto grado de correspondencia con el discurso político de la Administración; mientras, los cuestionamientos a la política seguida por el gobierno estadounidense se centraron en su poco pragmatismo que condujo a la ineficacia para lograr una transición en Cuba.

En el estudio se expusieron los puntos de contacto entre el poder, los medios y la ideología. Aquí se analizaron los acercamientos de investigadores como Pamela Shoemaker, Stephen Reese, Stuart Hall, John B. Thompson y luego se examinaron los modelos centrados en las relaciones prensa-poder de Noam Chomsky y Edward Herman, Daniel Hallin, Lance Bennet y Piers Robinson.

La exposición de los resultados de la investigación quedó dividida en siete epígrafes, a partir del análisis de los 91 artículos publicados por el Post sobre Cuba en el período.

2. Método

Como categoría de análisis se utilizó la construcción del discurso periodístico. De acuerdo con Miquel Rodrigo Alsina (1993), el discurso periodístico es un discurso social inserto en un sistema productivo y resultado de un proceso de tres fases: producción, circulación y consumo.

Perelman lo conceptualiza como una forma de construcción de la realidad, basado en condicionantes históricas y respecto a los aspectos formales involucrados en tal proceso desempeñado por los medios de comunicación. En él, el lenguaje no es solo un medio de comunicación, también es un medio para influir en los hombres, un medio de persuasión (Perelman, 1989 en Litz, 2005); mientras, Teun van Dijk (2005) y Gaye Tuchman (1972) no consideran al discurso periodístico como un espejo-reflejo de la realidad, sino un marco a través del cual se construye rutinariamente el mundo social y en esa construcción se reproducen las relaciones que existen en la sociedad y el sujeto emisor plasma su subjetividad.

Se acepta, entonces, que la construcción del discurso es un proceso especializado, mediado, socialmente legitimado e institucionalizado en el que se construye una realidad determinada por medio de un sistema simbólico que produce significación en consecuencia con los intereses del emisor y a través de un tratamiento específico del discurso.

Habría que señalar tres posibles niveles de profundidad y complejidad de los rasgos en los que se mueve esta construcción: un nivel más centrado en los elementos lingüísticos; otro que aborda los aspectos más discursivos –el más abordado– que se traduce en cómo ha sido la cobertura del medio sobre una determinada temática (géneros, fuentes) y otro a nivel de institución y el contexto histórico que encuentra expresión en los rasgos discursivos.

Para la investigación se empleó un diseño cualitativo porque se aviene más a los objetivos planteados. “La característica fundamental del diseño cualitativo es su flexibilidad, su capacidad de adaptarse en cada momento y circunstancia en función del cambio que se produzca en la realidad que se está indagando” (García et al, 2004: 91).

Este estudio de caso único, inclusivo, descriptivo, hizo una valoración, en términos no contables, ni medibles ni verificables a través de un seguimiento estadístico de la situación de un fenómeno particular (la construcción del discurso periodístico) en un escenario específico (un periódico, The Washington Post).

Entre las técnicas utilizadas estuvo la investigación bibliográfica y/o documental. El rigor de un proceso de investigación cualitativo tiene, como uno de sus puntos principales, una aproximación previa a la realidad que va a ser objeto de análisis y por eso la revisión documental resultó vital para la elaboración del estudio.

La técnica de investigación fundamental fue el análisis del discurso. Para algunos método, para otros técnica, el análisis del discurso ha devenido forma de considerar los textos para identificar sus características con un enfoque transdisciplinar que en mucho rebasa los tradicionales enfoques lingüísticos (Galindo, 1998 en Celecia y Pérez, 2008).

Norman Fairclough y Ruth Wodak (2000) definen esta técnica como el examen de las relaciones entre el discurso mismo y las prácticas sociales que lo rodean. Para los investigadores, los discursos pueden ser entendidos como un modo particular de representar el mundo (físico, social y psicológico) en correspondencia con las diferentes posiciones sociales de los grupos o personas que los sostienen. El análisis del discurso permite obtener inferencias en torno a las maneras en que las formas simbólicas contribuyen a sostener las relaciones de dominación.

Varios autores (Thompson, 1993; Fairclough y Woodak, 2000; Van Dijk, 2005) han examinado los vínculos entre discurso e ideología, identificando múltiples estrategias, habitualmente empleadas por los medios de comunicación para servir al poder, ya sea de manera explícita o a través de prácticas lingüísticas camufladas.

2.1. Muestra
La muestra de la investigación incluyó todas las ediciones del periódico The Washington Post, obtenidas online, desde agosto de 2006 hasta febrero de 2008. Como unidad de análisis se utilizaron 91 artículos, entre noticias, comentarios y editoriales publicados en la edición impresa del Post que abordaron el tema Cuba, desde la proclama de Fidel Castro, el 31 de julio de 2006, hasta la elección por la Asamblea Nacional del Poder Popular del nuevo Consejo de Estado, con Raúl Castro como presidente, en febrero de 2008.

Para la selección de la muestra se tuvo en cuenta que, a partir de la proclama, el tema Cuba recibió mayor cobertura por los medios estadounidenses. Supuestamente, la enfermedad de Fidel Castro marcaba el principio del fin del gobierno, por lo que los análisis publicados en la prensa sobre cómo lidiar con la Isla hicieron aún más visibles las estrategias discursivas que contribuyen a la reproducción ideológica dentro de un discurso periodístico que ha estereotipado durante medio siglo a Cuba.

El diario seleccionado, The Washington Post, forma parte de la prensa llamada del mainstream. Siguiendo la perspectiva de Noam Chomsky, con el concepto prensa del mainstream se describe a un tipo de medio de comunicación con recursos suficientes para imponer, en contubernio con las elites políticas, los temas de la agenda pública. Los periódicos y televisoras del mainstream suelen ser, según Chomsky, poderosas empresas con alianzas al poder corporativo que garantizan, por extensión, fuertes alianzas también con el poder político (Garcés, 2007).

3. El discurso
No es objetivo de la investigación realizar un recorrido teórico por las diversas formas de comprender al discurso; pero resulta imprescindible trabajar con un concepto. Dos estudiosos del discurso, Norman Fairclough y Ruth Wodak (2000) lo definen como un proceso de interacción que incluye, además del texto, el proceso de producción del cual el texto es un producto y el proceso de interpretación del cual el texto es un recurso; mientras, Van Dijk (2005) –propuesta que se considerará válida– plantea que el discurso es un acontecimiento comunicativo que sucede en una situación social, presenta un escenario, tiene participantes que desempeñan distintos roles y determina unas acciones.

 
3.1 Discurso periodístico
El periodista se vale del discurso para informar los sucesos; describir las situaciones, los personajes y los escenarios; relatar los acontecimientos; evaluar los hechos y comentar las noticias (González, 1999).

Según Miquel Rodrigo Alsina (1993) es vital tener en cuenta que nos encontramos ante un discurso social y, como tal, inserto en un sistema productivo. En principio, se puede afirmar que la efectividad del discurso periodístico informativo no está en la persuasión o en la manipulación, sino sencillamente en el hacer saber, en su propio hacer comunicativo. La construcción del discurso periodístico es un proceso compuesto de tres fases que están interrelacionadas: la producción, la circulación y el consumo o reconocimiento. El presente estudio se centra en la primera de las fases propuestas por Rodrigo Alsina.

El discurso periodístico no es un tipo de discurso homogéneo en su estructura: está formado por un conjunto de discursos que tienen estructuras lógicas y gramaticales distintas; sin embargo, todas estas formas específicas del discurso implican el conocimiento por el periodista de que los individuos que reciben los discursos son personas concretas, que viven en una época determinada, que tienen creencias específicas, que se comportan con apego a ciertos valores sociales, que poseen una forma peculiar de conocer su mundo. En suma, son personas que participan de una misma cultura (González, 1999).

Van Dijk (1996), Rodrigo Alsina (1993) y Tuchman (1972) comparten criterios sobre el discurso periodístico, no como un espejo-reflejo de la realidad, sino como un marco a través del cual se construye rutinariamente el mundo social. En esa construcción se reproducen las relaciones que existen en la sociedad y el sujeto emisor plasma su subjetividad.

“Los periodistas rara vez presentan los hechos fríos y casi nunca en el orden que sucedieron. Lo que aparece como realidad en periódicos, radios y televisoras es inevitablemente una reconstrucción de la realidad para ajustarse a las necesidades y requerimientos del periodismo” (Altschull, 1995: 30).

La construcción del discurso periodístico es un proceso que ha sido estudiado desde diferentes puntos de vistas y posiciones. La visión de este discurso como construcción conduce hasta la obra de dos sociólogos, Peter L. Berger y Thomas Luckmann (2006), quienes en su obra La construcción social de la realidad sostuvieron que la realidad se construye socialmente y, segundo, la sociología del conocimiento debe analizar los procesos por los cuales esto se produce.

4. Medios, ideología y poder
“Generadores del consenso social”, “reproductores del poder simbólico”, mediante algunas de estas denominaciones diversos teóricos se han aproximado a los vínculos entre los medios de comunicación, la ideología y el poder en las sociedades contemporáneas. En este epígrafe se analizan las propuestas de estudiosos como Thompson y Stuart Hall, para luego examinar las obras de Noam Chomsky, Lance Bennet, Daniel Hallin, Piers Robinson, Stephen Reese y Pamela Shoemaker.

Antonio Gramsci consideró que, como los medios poseen una relativa autonomía, los poderes dominantes no pueden supervisar directamente este importante aparato cultural. Las organizaciones de medios cumplen una función hegemónica al producir continuamente una ideología cohesiva, un grupo de valores y normas que sirven para reproducir y legitimar la estructura social, mediante la cual las clases subordinadas participan en su propia dominación (Gramsci, 1971, en Reese y Shoemaker, 1996).

Manuel Martín Serrano consideró a los medios como instituciones generadoras de consenso y socializadoras de significados estables para interpretar el mundo. A través de sus puntos de vista sobre el orden social, afirmó Martín Serrano, los medios proveen a los públicos de herramientas y esquemas de construcción de sentido, capaces incluso de integrar las contradicciones y los conflictos emergentes dentro de los discursos de las ideologías dominantes (Martín Serrano, 1993).

Stuart Hall (1981) ofrece una visión más compleja de los medios en las sociedades actuales, donde ellos realizan un trabajo incesante de “clasificación del mundo” dentro de los discursos dominantes. Hall consideró este trabajo como contradictorio, en parte por las contradicciones internas entre las diferentes ideologías que constituyen el terreno dominante, pero aún más porque esas ideologías luchan y contienden para tener dominancia en el campo de las prácticas y la lucha de clases. Los medios mantienen la tendencia de reproducir el campo ideológico de una sociedad de un modo tal que reproducen también su estructura de dominación.

Reese y Shoemaker (1996) elaboraron un modelo jerárquico de las influencias que recibe el contenido de los medios y entre los cinco niveles analizados, el ideológico subsume a los otros y, por tanto, es el más macro de los niveles. En el modelo propuesto por ambos autores, el nivel exterior sería el individual donde se incluyen las características del comunicador como su género, etnia, orientación sexual y también sus antecedentes personales y experiencia profesional.

El siguiente nivel es el de las rutinas, entendidas como las repetidas, modélicas y rutinizadas prácticas y formas que los trabajadores de los medios utilizan para realizar su labor. El próximo es el de las influencias organizacionales que buscan explicar las variaciones en el contenido de los medios que no pueden ser atribuidas a diferencias individuales o de rutinas. Un cuarto nivel está conformado por las influencias que reciben los contenidos mediáticos provenientes desde fuera de las organizaciones y aquí se incluyen las fuentes de información, las fuentes de ingreso, otras instituciones sociales, el ambiente económico y la tecnología.  

El nivel ideológico difiere de los niveles previos en que todos los procesos que tienen lugar en los niveles inferiores se consideran que trabajan para un modelo ideológicamente relacionado de los mensajes y en defensa de los poderes centrales más altos de la sociedad. “Este nivel ideológico analiza cómo el poder es ejecutado a través de los medios” (Reese y Shoemaker, 1996: 223).

Reese y Shoemaker (1996) asumen que las ideas tienen vínculos a intereses y al poder y que el poder de crear símbolos no es una fuerza neutral. Este nivel ideológico también examina cómo las fuentes actúan en sus propios intereses, no como individuos, sino como clase, trascendiendo cualquier organización, industria o lugar. El nivel ideológico busca predecir cuándo los medios y las elites políticas intervendrán contra las rutinas periodísticas normales y el profesionalismo.

De acuerdo con John B. Thompson (1993), los medios representan instituciones privilegiadas en la socialización a escala masiva de determinadas visiones de la realidad. Como espacios integrados a la reproducción del poder simbólico, expanden en gran medida el alcance de la operación de la ideología en las sociedades modernas.

Los medios parecen formar parte de ese “poder simbólico”, de cierta manera relacionado con un concepto introducido por Thompson. Según sus palabras, en las sociedades modernas las formas simbólicas (eje de su manera de comprender la ideología) son cada vez más mediadas por los mecanismos y las instituciones de comunicación masiva, un fenómeno que es un rasgo central de la vida social y que él llama “la mediatización de la cultura moderna.”

A partir de la mediatización de la cultura moderna, Thompson (1993) critica varias de las posturas adoptadas por teóricos contemporáneos que abordaron la ideología y que, en su opinión, han fracasado en cuanto a tratar de una manera adecuada el desarrollo de la comunicación masiva y su papel como medio de la ideología en las sociedades modernas.

Basado en sus análisis, Thompson (1993) propuso un conjunto de pautas teóricas que permitirían la reorientación del análisis de la ideología en los medios de comunicación. En su primera tesis plantea queel análisis de la ideología en las sociedades modernas debe otorgar un papel central a la naturaleza y al impacto de la comunicación de masas, aunque no sea esta el único sitio de la ideología. Este análisis se debería orientar, fundamentalmente, hacia las formas múltiples y complejas en que los fenómenos simbólicos circulan en el mundo social y se intersecan con las relaciones de poder.

Una segunda tesis aborda cómo el desarrollo de los medios ha permitido la expansión del alcance de la operación de la ideología, ya que las formas simbólicas llegan a audiencias cada vez mayores. En la explicación de esta tesis Thompson argumenta que los avances en los medios han acentuado más aún el carácter y el potencial masivo de los fenómenos ideológicos. Esta tesis fue publicada en 1993, un año antes de que apareciera en Internet la primera versión online de un medio. Por tanto, se pudiera concluir que con la llegada de Internet, los usuarios aumentan en cientos de millones, por lo que los fenómenos ideológicos cuentan ahora con un público multiplicado.

La tercera tesis de Thompson especifica que el carácter ideológico de la comunicación de masas no se puede analizar solo mediante los rasgos de las instituciones de medios o los mensajes emitidos por ellos. Resulta imprescindible analizar los mensajes en relación con los contextos y procesos específicos en que los individuos que los reciben se apropian de ellos.

“El número de libros, tratados, monografías, ensayos y capítulos que han inundado el mercado testimonian el amplio interés público en el tema de cuánto poder poseen los medios y, si es tan grande como muchas personas parecen creer, cómo podría ser utilizado ese poder de manera diferente y tal vez mejor y con más prudencia. La mayor parte de esa producción la originan personas directamente involucradas: los periodistas y los poderosos sobre los cuales escriben” (Altschull, 1995: 365).

De acuerdo con Jarren (2008) se pueden distinguir tres paradigmas diferentes que permiten explicar la relación entre los medios y el poder: redistribución de poderes, donde los medios emergen como el cuarto poder; dominación y dependencia de los medios sobre la política y viceversa; mientras, el tercer paradigma sería el de la interdependencia o simbiosis de los medios y el poder.

Para Ignacio Ramonet existen tres frentes que conforman la globalización. El primero de ellos es el económico, luego está el militar y el tercero, considerado por el director del periódico francés Le Monde Diplomatique como el frente central, es el ideológico. “Este frente trata de convencer a cada persona que la globalización es lo mejor que le puede ocurrir al planeta. Quien trabaja este frente son los medios de comunicación, los cuales se han transformado en nuestra época en el segundo poder. Se ha hablado durante mucho tiempo de los tres poderes. Hoy diría que el primer poder es el económico y el segundo es el mediático. El poder político viene mucho después” (Ramonet, 2006: 191). 

Con el objetivo de cumplir su función, los medios necesitan desarrollar una propaganda sistemática. A partir de esta afirmación, Herman y Chomsky crearon el modelo de propaganda, conformado por cinco filtros. Desde el momento en que fue dado a conocer (1988) despertó polémicas y aunque las críticas al modelo son extensas, los cinco filtros identificados todavía son tomados en cuenta. Estos filtros son: la propiedad de los medios, la publicidad, la dependencia de las fuentes oficiales, el flak o contramedidas para disciplinar a los medios y la demonización de los enemigos o como lo llama Pedro (2009), “convergencia en la ideología dominante.”

El modelo asume que los medios suprimen y distorsionan, defienden y promueven un consenso en interés de una ideología establecida que legitimará y facilitará los intereses de las corporaciones y el Estado (Klaehn, 2002).

Aunque Herman y Chomsky centraron sus análisis en los medios de Estados Unidos, los postulados del modelo de propaganda pueden extrapolarse a cualquier contexto donde prevalezcan lógicas mediáticas comerciales (Garcés, 2007). Con este mismo criterio coincide Joan Pedro (2009): “A un nivel estructural y organizativo básico, los medios de otros países occidentales operan bajo las restricciones de los elementos que componen el modelo de propagada. En EEUU, como centro hegemónico del sistema mundial en el que el capitalismo y los mecanismos de poder están más desarrollados, la influencia de estos filtros es mayor, pero en otros países también se produce.”

El modelo de propaganda recibió críticas de varios teóricos, entre ellos Holsti y Rosenau, quienes se refirieron a él como casi una mirada conspirativa de los medios y criticaron que el modelo se centrara, exclusivamente, en el contenido de los medios, en lugar de expandir su alcance directamente al estudio de los efectos de los medios; también señalan que el modelo no examina las actuales creencias o motivaciones del personal de los medios o busca investigar el posible rango de los efectos en las audiencias y oficiales del gobierno (Holsti y Rosenau, 2001 en Klaehn, 2002).

Ante esta última crítica, Herman y Chomsky conceden en que el modelo no pretende explicarlo todo, sino que “se trata de un marco general desde el que poder entender y analizar los medios, que necesita ser expandido o matizado según cada caso particular. Un modelo es una representación de una parte de la realidad por lo que necesariamente tiene que ser una simplificación” (Pedro, 2009).

Concordamos con las conclusiones de Pedro (2009) cuando este asevera que el modelo de propaganda hoy es aún más válido que hace veinte años. “Es una herramienta de investigación muy adecuada para el análisis de los medios de comunicación de masas, pero que, al promover un análisis contrario a los intereses de las elites, tiende a ser marginado institucionalmente.”

A partir de la “fabricación del consenso”, teóricos como Lance Bennet y Daniel Hallin elaboraron sus propios presupuestos, no exentos de críticas y reinterpretaciones. Hallin, en lo que Piers Robinson (2001) denominó “versión de elite” del modelo de propaganda, propuso en su libro The uncensored war, un análisis de la cobertura mediática estadounidense a la guerra de Vietnam, tres esferas en las que actúan los medios y, según Reese y Shoemaker (1996), mantienen los límites ideológicos. Estas esferas son las del consenso, el debate legitimado y la exclusión.

La esfera del debate legitimado es donde se busca la objetividad y el balance: ésta es la región de los concursos electorales y debates legislativos.  En el centro se encuentra la esfera del consenso. Dentro de esta región los periodistas no se sienten obligados ni a presentar puntos de vistas opositores ni a permanecer como observadores desinteresados. Por el contrario, el rol del periodista es el de servir como un abogado u oficiante de los valores generalizados (Reese y Shoemaker, 1996).

Más allá de esa esfera está la de la exclusión, el terreno de las personas e ideas fuera del mainstream de la sociedad. Aquí, de acuerdo con Hallin, los periodistas desechan la supuesta neutralidad: juegan el rol de exponer, condenar o excluir de la agenda pública a aquellos que han violado o desafiado el consenso político (Reese y Shoemaker, 1996).

Lance Bennet publicó, en 1990, lo que Robinson (2001) llamó “la versión ejecutiva” del modelo de propaganda. Bennet la denominó indexing hypothesis. En ella, el autor argumenta que las noticias de los medios están indexadas implícitamente a las dinámicas del debate gubernamental. Cuando la cobertura de los medios refleja los problemas de la política del ejecutivo o sus fallos, lo que equivale a decir que es crítica de la política del ejecutivo, esto simplemente refleja “una responsabilidad profesional por los periodistas de destacar importantes conflictos y luchas dentro de los centros de poder” (Bennett, 1990, en Robinson, 2001: 526).

Según Bennett, los medios pueden dar voz, incluso, a grupos muy críticos del establishment, pero suelen hacerlo asociándolos a protestas o actos de desobediencia civil poco favorables a la imagen de esos grupos. El modo peyorativo en que se les presenta termina habitualmente demonizándolos, frente a la aureola de autoridad y prestigio que bautiza sistemáticamente a las fuentes oficiales (Bennett, 1990, en Garcés, 2007).

Tanto la versión elite como la ejecutiva recibieron críticas de Robinson (2001), aunque este toma elementos de las dos propuestas para concluir su modelo de interacción entre los medios y la política.

La primera crítica a la teoría de Bennet está relacionada con el vínculo entre los periodistas y las fuentes oficiales. Robinson no concuerda con el carácter pasivo asignado por Bennet a los periodistas en esta relación. En su opinión, los teóricos deberían trascender a las fuentes de información y moverse hacia un análisis del contenido de los medios y su influencia en el proceso político.

El modelo de propaganda asume que los periodistas tienden a replicar los puntos de vista de las elites, por tanto, ellos no pueden jugar un rol independiente durante los debates entre éstas; pero los periodistas no deberían ser considerados recipientes pasivos de la información oficial, sino participantes activos que funcionan como una institución política con sus propios derechos (Robinson, 2001).

En su modelo de interacción, Robinson parte de las tres esferas ya citadas de Daniel Hallin; pero las enriquece con una posición más activa de los periodistas. Él identifica tres momentos que aparecen reflejados en la siguiente tabla:

Nivel de consenso en las elites Relaciones prensa-gobierno Rol de los medios
Consenso en las elites Los medios operan dentro de la “esfera del consenso” (Hallin) Los medios “manufacturan” el consenso en correspondencia con las políticas oficiales (Chomsky y Herman)
Disenso en las elites Los medios operan dentro de la esfera del “debate legitimado” (Hallin) Los medios reflejan en sus debates el disenso en las elites (Hallin y Bennett)
Disenso en las elites más incertidumbre política y cobertura crítica de los medios La prensa toma partido en el debate y se convierte en un participante activo La prensa puede influir en la dirección tomada por las políticas gubernamentales.

Fuente: Robinson (2001)

En los momentos de incertidumbre política, las elites de poder suelen mostrarse más abiertas a las recomendaciones formuladas por los periodistas en sus columnas y editoriales. La prensa moviliza así con sus argumentos a la opinión pública, a las personas que deciden las políticas y hasta a los relacionistas públicos encargados de encontrar, también en los medios, criterios atractivos para orquestar sus campañas (Garcés, 2007).

Luego del recorrido por varias de las teorías más citadas y contemporáneas sobre la relación entre los medios y el poder, la pregunta sobre quién influye sobre la otra parte pudiera parecer superada. Considerar a los medios como simples reproductores de las ideologías de las elites de poder sería una ingenuidad.

Tampoco se pueden olvidar las presiones económicas y políticas que rodean constantemente a los medios y que limitan sus aspiraciones de ofrecer una visión más plural de la sociedad que les toca reflejar. La respuesta ofrecida por Ignacio Ramonet, en una entrevista que aparece en la versión del Fondo Cultural del ALBA de su libro Propagandas silenciosas, resume varias de las ideas aquí expuestas: el poder mediático hoy día combina poder económico y poder ideológico (Ramonet, 2006).

5. Resultados
El lunes 31 de julio de 2006, cerca de las nueve de la noche, se dio a conocer la “proclama del Comandante en Jefe Fidel Castro”. En la medida que avanzaba el texto y todos comprendían que la salud del líder histórico del proceso revolucionario cubano ciertamente estaba muy afectada, tal vez muchos interiorizaron que, a partir de ese momento, comenzaban tiempos complejos para la Isla.

Después de la proclama, el discurso periodístico de The Washington Post se centró principalmente en las reacciones de la comunidad cubano-americana radicada en el sur de la Florida. Las dudas dentro de la población cubana sobre su futuro, las olas masivas de emigrantes que comenzarían a llegar a las costas estadounidenses, junto a las especulaciones acerca de pugnas por el poder entre distintas personalidades del gobierno ocuparon un lugar central en ese discurso.

En Miami hubo celebraciones por la enfermedad de Fidel Castro: “In South Florida, which with Castro’s rise became in many ways the capital of the Cuban exile, thousands of people spilled into the streets for an impromptu euphoric celebration. People in the crowd shouted “Cuba Libre!” “This is freedom for us,” said Heydee Zamora, 49, the owner of a small business who was parading with a flag out her window” (Roig-Franzia, 2006a: A14).

Otra de las formas de presentar el entorno político y social cubano en el discurso periodístico del Post fue la amplia referencia a un posible éxodo masivo que saldría huyendo de Cuba ante la inestabilidad en que entraría la nación luego de la muerte de Fidel Castro: “Federal and state officials said they are preparing to block mass migrations into the United States. Florida Governor Jeb Bush said a plan is in place to not allow for mass migration into the country at a time when the net result of that is it creates tremendous hardship and risk for people that could lose their lives” (Whoriskey, 2006: A08).

Además del peligro de una emigración masiva, las autoridades norteamericanas también se alistaron para evitar que “luchadores anti-castristas” –un eufemismo– intentaran ataques armados contra Cuba: “The U.S. Coast Guard and Navy were preparing to block any effort by exiles to storm the island as uncertainty mounted over Castro’s condition, according to Senator Mel Martinez, who said he had been briefed on the plans. He compared the situation to that of Spain during the protracted death throes in 1975 of dictator Francisco Franco, whose demise sort of trickled out day after day” (De Young y Roig-Franzia, 2006: A01).

A partir de la proclama aumentaron las especulaciones sobre el posible cambio de rumbo del gobierno cubano y el Post, en comentarios y en su página editorial, realizaron sugerencias sobre el papel que deberían jugar los cubano-americanos y los llamados disidentes en Cuba.

“A dictator who has deprived his able and culturally rich nation of freedom and prosperity for five decades may or may not finally be on his deathbed. But his country is clearly ready to move on” (The Washington Post, 2006:A14).

El alejamiento de Fidel Castro abriría las puertas para una gran lucha por el poder entre las diferentes generaciones de personas con importantes cargos en el gobierno y, en especial, la confrontación de militares y civiles. El sistema de creencias, alimentado durante casi cinco décadas, acerca de una sociedad cubana dividida, solo a la espera de la muerte de Castro para “saltar sobre ese vacío”, estuvo presente en el discurso periodístico del Post desde el primer día de agosto de 2006.

En realidad, no se produjeron las anunciadas luchas por el poder. El 18 de febrero de 2008, cuatro días antes de que se llevaran a cabo las elecciones del Consejo de Estado por la Asamblea Nacional, un mensaje de Fidel Castro anunció a todo el país que no aspiraba al cargo de Presidente ni Comandante en Jefe.

A partir de esas palabras reaparecieron en el discurso del Post las celebraciones en Miami y las especulaciones sobre las pugnas generacionales por el poder; aunque las esperanzas de cambio bajaron de tono, quizás porque en los 19 meses desde la proclama, el gobierno interino mantuvo el camino iniciado en 1959.  

“But in Miami there were none of the massive street demonstrations that have erupted here over other events in Cuba, or during the custody battles over Elian Gonzalez, the Cuban boy who was found floating on an inner tube off the Florida coast. “I was expecting more people here,” said Richard Valdes, 23, a construction worker whose father came from Cuba. Valdes recalled the reaction to rumors two years ago that Castro had died: “When they said he was dead, it was really big here. But I don’t think this news will really change anything” (Whoriskey, 2008: A13).  

El discurso del Post, en su editorial, volvió a mostrar puntos coincidentes con las exigencias de la Administración de George W. Bush hacia Cuba: “The changes in Cuba will set off renewed debate over U.S. policy toward Cuba. While the discussion is appropriate, it’s important to remember that, by the measure of the most fundamental goal of U.S. policy –that Cuba become a democracy that respects human rights– nothing has changed with Mr. Castro’s retirement” (The Washington Post, 2008: A16).

La posibilidad de un cambio hacia Cuba del gobierno estadounidense fue desechada por varios comentaristas: “Those hoping for a new U.S. policy toward Cuba have waited nearly 50 years for Fidel Castro to step down. But they will have to wait at least one more year, after President Bush leaves office, to see any possibility of change in the hard-line U.S. position that has transcended nine administrations” (Abramowitz, 2008:A13).
 
La espectacularización de la política, según Garcés (2007), es la tendencia a describir los hechos políticos como un juego, erigido sobre la base del escándalo, el enfrentamiento entre contrarios y la invasión sin piedad de los espacios privados y se ha extendido como recurso para potenciar el atractivo de las coberturas periodísticas. Esta espectacularización se pudo apreciar en la presentación del Post de las supuestas pugnas en Cuba.

Los intentos por mostrar a un gobierno dividido –la fragmentación como modo en que opera la ideología, mencionado por Thompson (1993)– en dos generaciones diferentes se hicieron más visibles luego del mensaje de renuncia de Fidel Castro. Entre los miembros del gobierno considerados con más posibilidades de llegar al poder, además de Raúl Castro, estuvieron Carlos Lage y Felipe Pérez Roque. Ellos no formaban parte de la “generación de los históricos”, una metáfora empleada por el Post para referirse a los que ascendieron al poder por su temprano y activo apoyo a la Revolución.

El discurso del Post presentó una imagen distorsionada, fragmentada y llena de frases hechas sobre esa joven generación: el contexto histórico en el que ellos habían vivido los separaba de sus padres; sus ventajas materiales y contactos con las ideas provenientes de otros lugares los hacía más propensos a aceptar reformas, primero en la economía que eventualmente llevarían a reformas políticas y el resultado final de la ecuación sería la creación de una nueva Cuba.

La elección del domingo 24 de febrero de 2008 acabó con las especulaciones. El Post envió a La Habana a su periodista especializado en temas cubanos para cubrir los comicios de la Asamblea Nacional. Al día siguiente, en la portada del diario, apareció la nota enviada por Manuel Roig-Franzia: “Cuba’s revolutionary old guard consolidated its hold on power Sunday when the National Assembly bypassed a younger generation of politicians and named Fidel Castro’s brother, Raúl, president and a hard-line communist first vice president” (Roig-Franzia, 2008b: A01).  

5.2 Los hermanos Castro
“Némesis de diez administraciones”, “icono del socialismo en el mundo”, “dictador”, “deteriorado déspota”, fueron algunas de las descripciones negativas empleadas por el Post para referirse a la figura de Fidel Castro. Además del distorsionado tratamiento lingüístico, también estuvo presente en el discurso del diario la incertidumbre en que viviría Cuba después del alejamiento de su presidente por casi medio siglo.

La descripción negativa del hombre querido-odiado por su pueblo, las comparaciones con otros presidentes latinoamericanos, recordados por sus feroces dictaduras, y el supuesto legado negativo que dejaba a las generaciones venideras fue resaltado, sobre todo, en dos momentos: después de la proclama, en julio de 2006, y del mensaje de renuncia, en febrero de 2008.

“Fidel embodies the Cuban persona: bright, scrappy, intense and shrewd. He is hated and loved precisely because he is Cuban. Cubans Love Fidel. Cubans also hate Fidel, and with good reason. Love plus hate, Cuba-style, equals ambivalence” (Wixon, 2006: B06). 

El Post fue más allá y estableció un paralelismo entre Fidel y la dictadura del chileno Augusto Pinochet: “The parallels are striking: Two ruthless dictators who sacrificed human rights for political aims. Two men idolized by their followers and despised by the exiles they drove away” (Shifter, 2006: B02).  

En resumen, el Post enmarcó el legado de Fidel Castro alrededor de tres líneas fundamentales: la permanente crisis económica de Cuba; una política exterior obsoleta seguida por muy pocos –Venezuela, entre ellos–; mientras, los avances en la salud y la educación de la Isla perseguían únicamente “comprar la lealtad de muchos cubanos”.

5.3. Leyendo a Raúl Castro
“El hombre de la transición”; “un reformista”; “dispuesto a hablar con los Estados Unidos”; “un sanguinario general”, fueron algunas de las frases recalcadas por el discurso del Post sobre el general de Ejército Raúl Castro. En los 19 meses que ejerció funciones de presidente interino, hasta su elección, en febrero de 2008, como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, la figura de Raúl adquirió un mayor relieve y las comparaciones con su hermano Fidel, tanto en la forma de gobernar como en las políticas económicas y su imagen dentro de la sociedad cubana aparecieron en repetidas ocasiones.

El discurso del Post presentó a un hombre mayor, enfermo, con gran influencia sobre los militares, defensor del unipartidismo, con un historial lleno de sangre; pero, al mismo tiempo, un ser paternal que podría introducir reformas a la economía y así acercarla a las lógicas de funcionamiento de la sociedad capitalista.

“Raul lacks his brother’s public flair, but he is known as a deft consensus-builder who has developed a large cadre of loyal followers during the past four decades” (De Young y Roig-Franzia, 2006: A01). “He is a poor public communicator, feared more than admired by the populace, and has never managed a major national crisis. But his critics should consider that he may be a transitional figure, possibly laying the foundation for moves toward a more participatory Cuba” (Latell, 2006: B01).
 
El discurso del Post enfatizó las supuestas diferencias de enfoques y conceptos entre los dos hermanos. Al resaltar la idea del control que todavía ejercía Fidel sobre Raúl y las políticas del gobierno, se pretendió mostrar un posible futuro de cambio para Cuba solo después del deceso de Fidel. Las nuevas políticas de apertura económica de Raúl –y que fueron frenadas por Fidel, según el Post– alejarían a Cuba gradualmente del “sistema socialista decadente” implementado por éste en sus 47 años como líder; al mismo tiempo, el diálogo propuesto por Raúl al gobierno norteamericano lo diferenciaba todavía más de un hermano que siempre mantuvo una retórica anti-norteamericana.

La “rama de olivo” que ofreció en dos oportunidades Raúl Castro –el 2 de diciembre de 2006, en el aniversario 50 de la llegada del yate Granma y luego en el discurso del 26 de julio de 2007– ocupó un espacio en las notas enviadas desde Cuba por el periodista Manuel Roig-Franzia; aunque antes el Post había reportado fragmentos de la entrevista que concedió Raúl al diario Granma y que fue publicada el 18 de agosto de 2006.

“But the interview sent a clear message that Raúl Castro shares his brother’s distaste for the U.S. government and his penchant for rhetorical broadsides against Bush” (Roig-Franzia, 2006b: B13).

Las expectativas sobre los cambios estructurales y conceptuales que podría introducir Raúl desde su nueva posición, sobre todo en la economía, comenzaron a reflejarse en el Post al día siguiente de la proclama y se mantuvieron durante los siguientes 19 meses. La idea de Raúl como reformista y abierto al diálogo con los Estados Unidos apareció repetidamente en las páginas de opinión del diario.

“He has raised expectations that he will tackle chronic problems: excessive centralization; broken-down state enterprises that cheat consumers and breed corruption; low farm output; severe income inequality; and a generation of young people that has known nothing but shortage and sacrifice” (Flake y Rangel, 2007: A19).

5.4. Claves para entender el modelo cubano
Un sistema económico fallido y una sociedad cerrada, sin acceso a la información, fueron aproximaciones repetidas constantemente en el discurso político de la Administración de George W. Bush y reflejadas de distintas formas por el discurso del Post.

La Cuba construida por el Post es una Isla detenida en el tiempo, donde las personas continúan transportándose en carretones de caballos, viejos automóviles norteamericanos recorren las deshechas carreteras y el salario apenas es suficiente para vivir la primera parte del mes.

El descalabro económico cubano apareció en el discurso periodístico como una racionalización –el término se toma de una de las estrategias discursivas sugeridas por Thompson (1993)– llena de estereotipos en la que una economía militarizada pagaba escasos salarios a sus trabajadores, lo que desencadenaba el surgimiento de un próspero mercado negro ilegal y aniquilaba los deseos de la población de trabajar con el Estado que, al mismo tiempo, no le permitía a las personas tener negocios independientes y, por tanto, los cubanos, cansados de las privaciones, decidían marcharse de la Isla.

La conversión de los salarios recibidos por los trabajadores a dólares intentó mostrar, una vez más, la ineficacia del sistema. Cuba’s dual currency system — workers are paid in pesos, which do not have the same buying power as the hard currency used by tourists and members of the Cuban elite” (Roig-Franzia, 2008a: A01).

En la segunda parte de la ecuación económica del Post, las carencias materiales han obligado a los cubanos a recurrir a la izquierda para subsistir: “Observers say it may be the precursor of a push for a market economy, one that could accelerate after President Fidel Castro dies; on the other hand, they say, the black market may simply be the byproduct of a system that rewards the wily and well-connected” (Roig-Franzia, 2006c: A14).

5.4. Una sociedad vigilada
El 21 de mayo de 2008, la Administración de George W. Bush decidió llamarlo Día de la Solidaridad con Cuba. “Si el régimen cubano piensa seriamente en mejorar la vida de los cubanos, tomará importantes y necesarios pasos para introducir cambios significativos. Ahora que el pueblo cubano puede utilizar teléfonos móviles, entonces se le debería permitir hablar libremente en público. Ahora que a los cubanos se les permite comprar equipos de DVD, también se les debería permitir observar películas y documentales producidos por artistas cubanos que son libres de expresarse por sí mismos. Ahora que los cubanos tienen acceso a las computadoras, también deberían tener acceso a Internet” (Bush, 2008).

El discurso del Post construyó la imagen de un país muy parecido al descrito por Bush.  “Some Cubans don’t join or don’t participate, but at great risk of being labeled an enemy of the Revolution. CDR presidents can organize “acts of repudiation,” in which neighbors stand outside the homes of those suspected of illegal activity and scream insults, sometimes for days” (Roig-Franzia, 2007: A10).

Entonces, ante esta visión de represión y pobre acceso a la información, resultaba válido, de acuerdo con el discurso del Post, que la Administración de George W. Bush invirtiera millonarias cifras del presupuesto federal para intentar llevar a la población cubana la información que el Estado le negaba.

“TV Marti’s stated objective is to break Cuba’s “information blockade” by offering its own current affairs shows as alternatives to state television programming, the only thing Cubans receive if they don’t have TV satellite dishes. The U.S. government’s Office of Cuba Broadcasting on Saturday unveiled a G-1 twin turbo propeller plane that is increasing the transmissions from one afternoon a week to six. The privately owned plane was set to go up in mid-August, but TV Marti pushed the date forward after Castro’s surgery” (Snow, 2006: A20).

En una sociedad tan cerrada, llena de prejuicios y discriminaciones, con un control estatal sobre cualquier paso de sus ciudadanos, según el periódico, la posibilidad de un debate abierto parecería imposible; sin embargo, el Post consideró que durante la presidencia de Raúl Castro tal vez en un futuro la Isla podría disfrutar de “la libre expresión.”

“The notion of freewheeling political debate is almost unheard-of in Cuba, where many residents fear repercussions if they criticize the government. But it is not without precedent. At one time, Raul Castro encouraged open debate, including criticism of the government, at Cuba’s military college. Such debate has been reined in over recent years, but some experts say they think Raul Castro could one day introduce a similar system of free speech in Cuban society” (Roig-Franzia, 2006d: A21).

Cuba, empobrecida por un sistema económico ineficiente y donde las voces disidentes eran acalladas por diferentes vías, lucía condenada a mantenerse inamovible en el tiempo, sin esperanzas de, alguna vez, recuperar el esplendor que, de acuerdo con el Post, tuvo medio siglo atrás.

5.5. Un escenario en transición
El embargo, considerado por algunos como eje fundamental de presión contra el gobierno cubano o un obsoleto y a todas luces fallido mecanismo que solo funcionaba para justificar la ineficiencia del sistema socialista por otros, el bloqueo [llamado eufemísticamente embargo, término utilizado a lo largo de la investigación, porque es el empleado en el discurso del Post] impuesto oficialmente en la Administración de John F. Kennedy, aunque desde la etapa de Dwight Eisenhower ya había comenzado a funcionar, resultó una pieza central en los análisis del diario sobre los posibles escenarios de la “Cuba en transición”.

Roger Kagan, un miembro asociado del Carnegie Endowment for International Peace, escribió un comentario en el Post, al día siguiente de darse a conocer el mensaje de renuncia de Fidel Castro, en el que defendió posiciones muy similares a las de la Administración Bush sobre el embargo: condicionar al gobierno cubano, obligarlo a introducir reformas, desmantelar su sistema político, organizar elecciones y, solo entonces, la Administración evaluaría la pertinencia de levantar, gradualmente, el embargo.

“The United States will have only one chance to lift the embargo. Once lifted, it will be almost impossible to reimpose. It is important, therefore, that the United States play this card in exchange for the only meaningful prize: a Cuba that, after all these years, is both independent and democratic” (Kagan, 2008: A17).

Sin embargo, en el discurso periodístico del Post, en varios momentos del período estudiado, aparecieron críticas al embargo, no por considerarlo ilegal o porque hubiera causado pérdidas por decenas de miles de millones de dólares a la economía cubana en sus más de cuatro décadas de existencia, sino porque era inefectivo.

“Beyond the White House, however, a vigorous debate has been proceeding over whether the U.S. approach makes sense. Farm-state lawmakers in both parties have wanted trade sanctions lifted to permit agriculture trade, while other politicians have questioned restrictions on travel and on the amount of money Cubans living in the United States may send back to their relatives” (Abramowitz, 2007: A10).

Dos de los legisladores más activos dentro del Congreso norteamericano en la creación de mociones para modificar el embargo, Charles Rangel (demócrata, Nueva York) y Jeff Flake (republicano, Arizona), publicaron un comentario en el Post en el que relacionaron la política seguida hacia Cuba con las exigencias de los cubano-americanos en el sur de la Florida y el apoyo financiero y electoral brindado por estas personas a los candidatos con posiciones más duras hacia La Habana.

“For too long, our approach has been guided by electoral considerations. Ever-tightening sanctions have won votes in Florida for both Republicans and Democrats. But these sanctions have done nothing to promote change in Cuba, and they have kept American strengths –diplomacy and contact with American society– squarely on the sidelines” (Flake y Rangel, 2007: A19).

Otro de los problemas presentado por el Post y que estaba estrechamente vinculado con el embargo, era el de las compensaciones monetarias que continuaban exigiendo las compañías estadounidenses por las propiedades nacionalizadas después de 1959.

En el discurso periodístico, el tema de la solución a las reclamaciones fue relacionado con los juicios al gobierno cubano, realizados en cortes norteamericanas y en los que un juez falló a favor de los familiares de los pilotos de la organización “Hermanos al Rescate” que fueron derribados por un avión de combate después de sobrevolar La Habana, en 1996; también en el caso de un ciudadano norteamericano que murió en Cuba, en 1960. En el juicio se acusó al gobierno de asesinato. En ambos casos, fondos cubanos existentes en bancos de Estados Unidos se utilizaron para indemnizar a estas familias.

“Eventually, U.S. officials and lawyers say, Cuba will have to account for the lawsuits and claims. It may not be possible to kick people in Cuba off farmland seized decades ago, but a system should be created to satisfy those with a legitimate case, Nilo Perez said. “Otherwise, all hell will break loose. There would be claims on all forms of commerce coming out of Cuba. The U.S. government will have to step in and negotiate to resolve these claims in an orderly fashion, he said” (Anderson, 2007: A14). [Según el diario, este hombre es un antiguo prisionero político que demandó a Cuba por 50 millones de dólares por supuestas torturas sufridas].

5.6. El rompecabezas de Cuba
¿Qué pasaría en una Cuba no gobernada por Fidel Castro? ¿Cuál sería el papel de la comunidad cubano-americana del sur de la Florida? ¿De qué manera los Estados Unidos podrían influir de una manera más efectiva en esa Cuba, supuestamente en transición, después de la proclama? Los posibles escenarios fueron analizados desde diversos puntos de vista en el discurso del Post; aunque hubo consenso en la necesidad de introducir cambios en las políticas hacia la Isla, cambios que llegarían con el próximo presidente [Obama] y que serían beneficiosos, a corto y largo plazo, para Estados Unidos y, de acuerdo con el diario, también para Cuba.

Una experta en temas cubanos, Julia E. Sweig, del Consejo de Relaciones Exteriores, sugirió aproximaciones hacia el gobierno cubano y criticó la inmovilidad vivida con la Administración Bush: “Continuing the current course and making threats about what kind of change is and is not acceptable after Fidel, Washington will only slow the pace of liberalization and political reform in Cuba and guarantee many more years of hostility between the two countries” (Robinson, 2006: A29).

De acuerdo con Rangel y Flake, el gobierno norteamericano “should begin by ending its insistence that it will respond only to Cuba’s complete conversion to democracy and free markets. Cubans surely would welcome incremental reforms that improve living standards, not to mention economic and political freedom” (Flake y Rangel, 2007: A19).

Una pieza clave para recomponer el rompecabezas cubano era el rol que jugarían los que desde la Isla se oponían al gobierno. Dentro de la sociedad cubana, la aparición de movimientos independientes y su unión abriría nuevas posibilidades. “Many Cubans are indeed restless for change. There are focal points around which a kind of civil society has started to coalesce –the black-market economy, the Catholic Church, the Afro-Cuban faiths, the arts– and the government has had little success in co-opting these independent movements” (Robinson, 2006: A29).

No obstante los supuestos cambios dentro de la llamada sociedad civil en Cuba, el discurso del Post reconoció, en múltiples momentos, que la ausencia de Fidel Castro de su puesto no significaba el fin del gobierno; aunque sí marcaba el inicio de un largo período de cambios, no exento de dificultades.

Uno de los principales columnistas del Post, Eugene Robinson, concluyó su artículo dedicado a los posibles escenarios para la “Cuba en transición” con una afirmación que resume el consenso del Post sobre el futuro de la Isla después de la proclama y el mensaje: “Fidel’s revolution won’t survive forever, the tide of history is flowing in the opposite direction. But surely it will survive the old man’s death” (Robinson, 2006: A29).

5.7. Framing Cuba: sistematizando argumentos
Los estudios sobre cómo los medios encuadran (frame) la realidad de acuerdo con determinados patrones culturales, políticos e ideológicos dominantes han sido abordados por diferentes teóricos de la comunicación (Semetko et al., 1999; Scheufele, 2000).

“Por framing entendemos el modo en que los medios de comunicación determinan el marco de pensamiento y de discusión pública sobre los acontecimientos, un doble enmarcado a la vez cognoscitivo y pragmático, tendente a proporcionar al lector los elementos necesarios para asegurar la inteligibilidad de los acontecimientos –conceptos clave, relaciones paratextuales–, además de focalizar la atención sobre un determinado aspecto del objeto informativo –excluyendo otros–, en tanto que se confrontan y refutan estratégicamente los prejuicios conducentes a lecturas extrañas y “aberrantes” estableciendo un campo coherente e interdefinido de discusión” (Lorente et al, 2009).

Según Garcés (2007) el efecto framing está asociado a la capacidad de la prensa de construir socialmente la realidad y establecer marcos de referencia útiles para la discusión e interpretación, por las audiencias, de los asuntos públicos.

En el período estudiado el discurso del Post fue consecuente con la tradición de la prensa norteamericana al abordar el tema Cuba; aunque es necesario destacar que ese discurso también reflejó el disenso entre las elites de poder sobre cómo tratar con la Isla, después de la enfermedad de Fidel Castro. Estas posiciones encontradas fueron más evidentes en la carrera presidencial que desde mediados de 2007 implicó a los diferentes candidatos republicanos y demócratas.

El Post encuadró la realidad cubana alrededor de varias ideas. En primer lugar se pudiera señalar un discurso que intentó demonizar, una vez más, a los hermanos Castro. Ambas personalidades, con sus matices, fueron consideradas por el Post como grandes impedimentos para el diálogo y la posible normalización de las relaciones entre los dos países.

La presentación negativa de Fidel Castro como uno de los “dictadores más sanguinarios” y cuya “inestabilidad situó al mundo cerca de una catástrofe nuclear” tampoco fue novedosa porque su figura ha sido construida de forma similar durante cinco décadas por los medios estadounidenses; pero ahora su salida del poder por la repentina enfermedad supuestamente abría nuevas puertas para el entendimiento entre Estados Unidos y Cuba, lo cual fue visto como un elemento positivo por el Post.

Para el diario, con la llegada a la presidencia de Raúl Castro, también “un hombre de una historia sangrienta”, aunque “más pragmático y artífice de algunos cambios en la década del noventa que acercaron a Cuba a lógicas comerciales capitalistas”, la Isla podría entrar en una etapa de lenta transición, sin grandes cambios políticos, pero sí económicos.

Las expectativas en torno a quiénes ocuparían los puestos en el Consejo de Estado, a partir de las elecciones de febrero de 2008, llevaron al Post a presentar un enfrentamiento por el poder entre dos grupos: la “generación del Moncada”, todos ellos militares, y las “generaciones de jóvenes quienes crecieron sin tanta influencia ideológica.”

Además del conflicto generacional, el Post enfatizó en las diferencias que se podían apreciar en la historia y en el desenvolvimiento de Fidel y Raúl Castro, diferencias tanto en enfoques como en conceptos.

La elección del 24 de febrero de 2008 cerró algunas de esas puertas para el diálogo con Estados Unidos, cuando la “generación del Moncada” alcanzó los principales cargos del gobierno. Esta elección, según el Post, limitaba las opciones de diálogo y fortalecía las posiciones de aquellos que defendían la línea dura hacia Cuba dentro de las elites de poder estadounidenses.

Una segunda aproximación general estuvo relacionada con el futuro de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. A pesar de que el discurso utilizó diversas estrategias para presentar un cierto consenso de las elites sobre la posibilidad de un acercamiento político diferente con Cuba, en realidad no hubo una crítica a fondo de las políticas de la Administración de George W. Bush.

Este bajo nivel de cuestionamiento a esas políticas dictadas por el poder contrastó con otras posiciones donde el discurso del Post invocó al pragmatismo, reconocido como uno de los valores más importantes del sistema de creencias de los periodistas norteamericanos, para proponer nuevas maneras de tratar con la Isla.

La posible normalización de las relaciones necesitaba, en primer lugar, de señales de cambio por ambos gobiernos. El discurso del Post mostró varias formas de entender los pasos amistosos. Algunos comentarios se centraron en la obligatoriedad de la liberación de los “prisioneros políticos” y la “convocatoria a elecciones libres” por la parte cubana, para entonces avanzar hacia una mesa de negociaciones y levantar gradualmente el bloqueo; mientras, otros comentaristas, reconocidos ellos como más pragmáticos, argumentaron que se podía conseguir el mismo fin si el nuevo gobierno [de Obama], ya que no era posible un cambio con la Administración Bush, levantaba algunas restricciones, no necesariamente el embargo.

Estas posiciones del discurso periodístico tuvieron un alto grado de correspondencia con los diferentes discursos de las principales elites políticas, especialmente durante la carrera presidencial entre John McCain, partidario de negociar solo en el caso de una “apertura del régimen”, y Barack Obama, dispuesto a “dialogar con las autoridades cubanas” y liberar los viajes de los cubano-americanos y el envío, sin límites, de remesas familiares.

La tercera línea identificada en el discurso del Post fue la presentación de una comunidad de intereses entre los llamados disidentes en Cuba y los cubano-americanos del sur de la Florida, unión considerada por el diario como una de las vías principales para formar la “nueva Cuba”. Esta presentación no parece fortuita, sino que refuerza la idea de un problema cubano que debería ser resuelto solo entre cubanos; aunque ese discurso, descontextualizado, no incluyó en la mayor parte del tiempo temas claves que sí involucraban a los intereses de empresas norteamericanas y de cubanos que adquirieron la ciudadanía quienes continúan reclamando la devolución o compensación por las propiedades que fueron nacionalizadas después de 1959.

De acuerdo con el Post, en una “sociedad en transición” las organizaciones disidentes aumentaban su protagonismo, ya que el ambiente de incertidumbre en que vivía la Isla les permitiría presentar visiones diferentes sobre cómo mejorar la economía del país, a través de cambios en el sistema político; sin embargo, los acercamientos a la unidad del exilio con los llamados disidentes estuvieron también marcados por las críticas, en varios momentos, al comprobado desvío (robo) del apoyo financiero que el presupuesto federal norteamericano otorgaba a esos grupos en Cuba.

El cuarto eje sobre el cual giraron diversas aproximaciones del Post estuvo dedicado al “fallido sistema cubano”. El Post presentó a este sistema como el causante de la “pobreza de todas las ciudades del país” y de un “estado de desesperación colectiva” que llevaba a los cubanos a lanzarse a “la aventura del mar” hacia Estados Unidos.

Varias de estas visiones ciertamente reflejaron problemas reales de la economía y la sociedad; pero fueron abordadas de una manera descontextualizada, sin mencionar al embargo norteamericano (bloqueo) como una de las causas principales de las dificultades económicas de Cuba, ni tampoco la ley de ajuste cubano.

Las fallas del sistema se extendieron a la total dependencia económica de la Isla, en las últimas cinco décadas, de la ayuda de otros países, primero de la URSS y ahora de Venezuela. Esta aseveración llevaba implícita la fragilidad y la incapacidad del sistema de satisfacer las necesidades más elementales de la población.

El empleo de eufemismos como recurso de dominación ideológica fue considerado por uno de los autores más citados en la presente investigación, John B. Thompson (1993), dentro de las astucias lingüísticas para reproducir la ideología dominante. En el discurso de Post resultó apreciable el uso constante de determinados eufemismos para referirse, sobre todo, a los cubanos de línea dura de Miami, llamados por el periódico como “luchadores anti-castristas”, “guerreros con base en Miami”, “cruzados anti-castristas”.

No obstante, el Post también adoptó posiciones críticas contra la liberación por la Administración de George W. Bush de Luis Posada Carriles, eufemísticamente presentado como “presunto terrorista” y “militante”.

Diecinueve meses después de darse a conocer la proclama de Fidel Castro, el Post concluyó que los cubanos no habían cumplido el reto, es decir, no hubo tal transición, sino, como ellos lo llamaron, también eufemísticamente, una sucesión.

En su primer discurso como cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, el 20 de enero de 2009, Barack Obama tuvo palabras para “aquellos que se aferran al poder”. No lo dijo abiertamente, pero las frases estaban dirigidas, entre otras naciones, a Cuba: “Y a los otros pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales al pequeño pueblo donde nació mi padre: sabed que América es la amiga de cada nación y cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y dignidad y de que estamos listos a asumir el liderazgo una vez más. A aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y la represión de la disidencia, tenéis que saber que estáis en el lado equivocado de la historia; pero os tenderemos la mano si estáis dispuestos a abrir el puño” (Obama, 2009).

6. Conclusiones

En un contexto en el que las formas simbólicas son cada vez más mediadas por los medios, un fenómeno llamado por Thompson (1993) como “mediatización de la cultura moderna”, resulta necesario examinar con profundidad la larga y compleja relación entre la prensa y el poder. Ésta es una relación no exenta de pugnas, trasladadas en los últimos tiempos al terreno simbólico, donde la prensa juega un papel de mayor protagonismo, al aparecer reconocida como un espacio integrado a la reproducción del poder simbólico y que expande el alcance de la ideología en las sociedades modernas.

El presente estudio analizó los rasgos en la construcción del discurso periodístico del influyente periódico norteamericano The Washington Post y las diversas estrategias discursivas utilizadas por ese diario con intenciones de reproducción ideológica para abordar el tema Cuba, entre dos momentos que han marcado a la historia cubana más reciente: la proclama de Fidel Castro, el 31 de julio de 2006, y la elección del nuevo Consejo de Estado, en febrero de 2008.

El análisis permitió identificar varios puntos en común con otras aproximaciones históricas hacia la Isla: se mantuvo la demonización de los hermanos Castro, al país se le continuó exigiendo la tríada mercado-pluripartidismo y elecciones libres; los llamados disidentes siguieron reprimidos, los “militantes anti-castristas” de Miami buscaban la unidad con el movimiento disidente; mientras, el cubano intentaba sobrevivir “por la izquierda” ante la “opresión de un sistema” que, en lugar de comenzar la transición, planificaba una “sucesión”.

No obstante, en el discurso del Post también resultaron apreciables puntos de ruptura con posiciones anteriores y que reflejaron el disenso entre las elites de poder, a partir de la enfermedad de Fidel Castro. La principal ruptura identificable fue la que invocó al pragmatismo para pedir un cambio de táctica en la política que produjera resultados más efectivos al lidiar con el problema cubano.

El alejamiento de la línea dura, puesta en práctica no solo por la Administración de George W. Bush, pasaba por levantar las prohibiciones de viajes de los cubano-americanos y, más adelante, de los ciudadanos estadounidenses; una segunda idea implicaba la concesión de mayores facilidades en el comercio, aunque esto no significaba el levantamiento absoluto del embargo (bloqueo), pero sí, al menos, un paso hacia una posible normalización.

Estas rupturas propuestas por el discurso –que mostraban las contradicciones entre las elites después de décadas– abrían nuevos enfoques en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Los objetivos de esos cambios analizados por el discurso del Post no diferían de aquellos defendidos por las sucesivas administraciones que han ocupado la Casa Blanca; pero los cambios también representaban nuevos retos para Cuba.

Posibilidades porque el aumento del intercambio comercial con la principal economía del mundo y el incremento del número de turistas permitiría elevar los ingresos y reservas financieras del país; un reto porque las elites que auspician los proyectos en el Congreso estadounidense para liberar los viajes y el comercio confían en que el intercambio pueblo-a-pueblo consiga lo que décadas de embargo y enfrentamiento abierto no ha podido: desarticular al gobierno cubano. Ambas partes involucradas en el diferendo parecen estar conscientes de las posibles ganancias y pérdidas del acercamiento y lucen dispuestas a aceptarlas. Y esto no es poco.

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VER: http://www.revistalatinacs.org/10/art/886_UHAB/08_Gomez_Masjuan.html

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